Poli
La afortunada número trece: Mariana
Esposito. Vamos a ver a dos chicas más hoy, y cinco mañana, pero ya sé que es
ella. Esa chispa, la química, la hemos tenido. El origen de esto es inexplicable;
es muchas veces más diferente que la simple atracción. Hay parejas que la
tienen en la pantalla, pero no pueden soportar verse unos a otros en la vida
real y las parejas donde la atracción sexual no puede negarse, pero ahí está,
en la película. Como magia.
Nunca he escuchado de esta chica antes.
Si la eligen, ella será una desconocida, y me pregunto si Richter tendrá
problemas convenciendo a los productores para darle una oportunidad. Dos
actrices famosas audicionaron para Lizbeth el primer día. Cualquiera de ellas
funcionaría, pero no como Mariana. Richter lo sabe también. Después de su
audición, me preguntó lo que pensaba.
—Sí —dije,
sonriendo.
Él me sonrió de vuelta. —Creo que sí lo
resume muy bien. Vamos a ver estas últimas… siete, ¿Cierto? Pero después
proseguiremos y le haré una llamada al agente de Mariana mañana y así tenerla
lista para una segunda prueba. Vamos a ver lo que pueden hacer ustedes dos con
la escena completa—
Él quiere ver el beso.
Yo también.
Lali
Mi padre y Malvina siguen lanzándose
miradas de reojo; él suspira ruidosamente cada dos minutos, mientras que ella muerde
su labio. Ninguno me ha preguntado nada desde su inicial interrogatorio ¿Cómo
ha ido?, que respondí brevemente y sin dar detalles. Se merecen la ley de hielo
por ese discurso en la mesa del desayuno hace un par de semanas, incluso si no
saben que yo estaba escuchando.
—Entonces… ¿Pablo
estaba allí?—pregunta Malvina rápidamente, tras un silencio de cinco minutos
completos en el taxi después cenar.
—Sí. —Espero que
tomen mi actitud como una típica reserva de diecisiete años de edad.
Ella espera un minuto a que dé detalles,
entonces nota que no lo voy a hacer. — ¿Y es guapísimo en persona? ¿La escena
era con él o él sólo estaba, ya sabes, ahí?
—Con él —Finalmente
pude ver el hotel, gracias a Dios. Pronto nos iremos a nuestras separadas
habitaciones continúas y voy poder tener privacidad.
Mi padre arroja otro suspiro perturbado.
— ¿Crees que tendrás una segunda prueba?
—No sé.
Malvina rodó sus ojos y sacó un espejo compacto
y un lápiz labial, como si su salida en la acera del hotel fuera un evento de
alfombra roja. Con suerte, eso termina con el interrogatorio por esta noche,
aunque estoy segura de que comenzara una vez más en el desayuno.
En mi bolsa están las partes de Instituto
Prejuicio que esperaba memorizar para la audición y la copia de Orgullo y Prejuicio
que perteneció a mi madre, quien murió cuando yo tenía seis años. Lo que mi
madre me legó: Nublados recuerdos de nuestras vidas antes de que se fuera, un
puñado de fotos, su banda de boda y una copia, con las esquinas de las páginas dobladas,
de su novela favorita. En la página 100, hay un anillo de café tenue. En la
página 237, una mancha de una huella digital, sin duda presionaba la página
mientras, simultáneamente, fue a la cocinar y leyéndola para mí, algo que,
vagamente, la recuerdo haciendo. Cuando siento la ausencia en su punto máximo,
cuando anhelo sus brazos a mí alrededor y no puede soportar el saber que ella
nunca volverá, sin importar lo que esté haciendo o cuánto es que la necesito,
abro su libro en estas páginas, toco con mis dedos la huella y el anillo de
café y me siento reconfortada.
No quiero discutir la audición con
nadie, excepto Cande. Nos conocemos desde jardín de infantes, cuando nos hicimos
mejores amigas y asistimos a la escuela hasta sexto grado, cuando mi padre me
puso en tutoría, citando mi errático horario. Gracias a mi abuela y la madre de
Cande, llevándonos de un lado a otro, seguimos en contacto. No sé lo que
hubiera sido mi vida sin ella. Solitaria, eso creo.
Con Cande me siento normal.
La llamé tan pronto como estuve en mi
habitación, y ella contesta al primer tono. — ¿Y qué escena hiciste? ¿Fue una
buena? ¿Te esforzaste?
—La escena donde
le pide que salgan.
— ¿En la que te
besa al final? ¿Y…?
—Cuando llegamos
a la parte donde él me agarra, que por cierto es algo que Darcy nunca haría, ya
que él es plenamente responsable de sus emociones en todo momento, es la
característica que lo define. No creo que el guionista siquiera leyera la
novela...
—Lali, me estás
matando. Estoy muriendo. Escupe.
—No hubo beso.
El director nos detuvo justo antes, y supongo que trajeron a la siguiente
esperanzada contendiente.
—Aw, mierda. No
es justo. —suspiró, tomando personalmente la derrota.
—Sí, besarlo
habría sido un bonito premio de consolación.
—Te lo dije, vas
a obtener este papel. ¿Estás preparada para manejar todas las cosas que
arruinaron en el libreto? Las películas nunca son tan buenas como el libro, no
hay delito. No puedes dejar que esto te vuelva loca. —Cande me conoce tan bien.
—Puedo hacerlo.
Solo estoy preocupada de que si hago esta película, seré estereotipada como
insustancial y linda. Nunca acabaré haciendo algo importante.
—En algún
momento tú estarás a cargo de tu carrera, y podrás hacer lo que quieras.
— ¿Cuándo será
eso?—No puedo evitar el lloriqueo que se filtra en mi voz.
—Cuando tengas
como cuarenta —responde—. No hay duda de ello; para los cuarenta estarás en
completo control.
Sonreí. —Buenas noches, Can.
—Buenas noches, La.
Besos
Lunis♥
me encantaaaaaaaaaaaaa esta novelaaaaaaaaaaaaa es buenisimaaaaaaaaaaaa. besos
ResponderEliminarMás!!! Mucha razón en lo que dice de Darcy! Amo esa novela!
ResponderEliminarMaass
ResponderEliminarMAAAASSSSSSSSSSSSSS
ResponderEliminarPoli ,ya la tiene en la mira.
ResponderEliminarPobre Lai está deseando hacerse cargo d su propia vida,y k no la manejen a su antojo.